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sábado, 27 de agosto de 2016


Ahora mismo se configura el paisaje.
Las colinas oscurecen. Los bueyes
duermen en su yugo azul.
Los campos ya segados,
las gavillas parejamente atadas
puestas al lado del camino.
Y la luna dentada sale.

Esta es la aridez
de la siega o la pestilencia.
Y la mujer se inclina, en la ventana,
con la mano extendida como en pago.
Y las semillas
netas, doradas, llaman:
Ven aquí,
ven aquí pequeña.

Y el alma se desprende del árbol.

- Louise Glück, All Hallows, de The House on Marshland

viernes, 26 de agosto de 2016


Sólo la espera es necesaria, te hallarán.
Los gansos que vuelan bajo sobre el pantano,
brillantes en el agua negra.
Te hallarán.

Y los ciervos:
qué bellos son,
como si no les estorbaran sus cuerpos.
Despaciosamente llegan al claro
a través de lienzos de sol.

¿Por qué estarían así, tan callados,
si no estuvieran esperando?
Casi inmóviles, hasta que sus jaulas
se oxidan, los arbustos tiemblan
al viento, doblados y sin hojas.

Sólo es preciso dejar que suceda:
ese grito —desátate, desátate—
como luna que se arranca de la tierra
y se alza llena en su círculo de flechas,

hasta que ellos aparecen delante
como cosas muertas que la carne agrava,
y tú sobre ellas, herida y dominante.

- Louise Glück, Messengers, de The House on Marshland

lunes, 14 de marzo de 2016


GRAN cosa
carecer
de mente. Sentimientos:
oh sí; ellos
me gobiernan. Tengo 
un señor en el cielo
llamado sol, y me abro
para él, le muestro
el fuego de mi propio corazón, fuego
igual que su presencia.
¿Qué podría ser tal gloria
sino un corazón? Oh hermanos y hermanas,
¿fueron como yo alguna vez, hace tiempo,
antes de ser humanos? ¿Se permitieron
abrirse una sola vez, ustedes
que nunca volverían a hacerlo? Porque en verdad
estoy hablando ahora
como lo hacen ustedes. Hablo
porque estoy destrozada.

- Louise Glück, La amapola roja, de El iris salvaje

Nací prudente, bajo el signo de Tauro.
Crecí en una isla, próspera,
en la segunda mitad del siglo veinte;
la sombra del Holocausto
apenas nos rozó.

Tuve una filosofía del amor, una filosofía
de la religión, ambas basadas
en mis primeras experiencias de familia.

Y si cuando escribí sólo usé unas pocas palabras
fue porque el tiempo siempre me pareció corto,
como si pudieran arrancármelo
en cualquier momento.

Y mi historia, de todos modos, no era única
aunque, como todo el mundo, tenía una historia,
un punto de vista.

Unas pocas palabras fueron todo lo que necesité:
nutrir, sostener, atacar

- Louise Glück, Memoria, Las siete edades

jueves, 16 de julio de 2015

Me quería quedar tal como estaba,
quieta como el mundo nunca lo está,
no en pleno verano sino en el momento previo
a que la primera flor se forme, el momento
en que nada todavía queda atrás-

no en pleno verano, el intoxicante,
sino en el final de la primavera, el pasto no tan crecido
todavía en el borde del jardín, los primeros tulipanes
empezando a abrirse-

como un chico vacilando en el umbral, viendo a los otros,
los que van primero,
la tensa contracción en los miembros, alerta
a los errores de los demás, al visible debilitamiento

con la fiera confianza infantil de un inminente poder
preparándose para vencer
esa debilidad, para sucumbir
ante nada, el tiempo inmediatamente

previo al florecimiento, la época de dominio

anterior a la aparición del regalo,
anterior a la posesión.

- Louise Glück - El umbral, de El  iris salvaje.

lunes, 19 de enero de 2015

Louise Glück: Radium



    
Cuando el verano acabase, mi hermana iba a ir a la escuela.
Nunca más quedarse en casa con los perros,
esperando que le llegase el momento. Nunca más
jugar a las cocinitas con mi madre. Se estaba haciendo mayor,
ya podía ir en coche con los padres que se turnaban para llevarnos.

Nadie quería quedarse en casa. La vida real
era el mundo: una descubría la radio,
bailaba la reina de los cisnes. Nada

justificaba a mi madre. Nada justificaba
dejar de lado la radio porque una advirtiera finalmente
que era más interesante hacer las camas,
tener hijas como mi hermana y yo.

Mi hermana vigilaba los árboles; las hojas
no cambiaban de color con suficiente rapidez. No cesaba de preguntar
¿ya era otoño, hacía suficiente frío?

Pero todavía era verano. Yo yacía en la cama,
escuchando la respiración de mi hermana.
Alcanzaba a ver su pelo rubio a la luz de la luna;
bajo la sábana blanca, su pequeño cuerpo de duende.

Sobre el escritorio podía ver mi nuevo cuaderno.
Estaba como mi cerebro: limpio, vacío. En seis meses
lo que estuviera escrito allí estaría también en mi cerebro.

Contemplaba el rostro de mi hermana, un lado enterrado en su oso de peluche.
La estaba guardando en mi cabeza, como un recuerdo,
como los hechos que figuran en un libro.

Yo no quería dormir. Nunca quería dormir
en esa época. Después no quería despertar. No quería
que las hojas cambiaran de color, que la noche cayera más temprano.
No quería amar mi ropa nueva, mi cuaderno.
Sabía lo que era: un soborno, una distracción.
Como la excitación del colegio: la verdad era
que el tiempo avanzaba en una dirección, como una ola alzando
la casa entera, entero el pueblo.

Encendí la luz para despertar a mi hermana.
Quería a mis padres despiertos y alerta; quería
que dejaran de mentir. Pero nadie despertó. Me senté en la cama
a leer mis mitos griegos, a la luz de la pequeña lámpara.

Las noches eran frías, las hojas cayeron.
Mi hermana se había cansado del colegio, echaba de menos estar en casa.
Pero era demasiado tarde para volver, demasiado tarde para detenerse.
El verano había pasado, las noches eran oscuras. Los perros
usaban mantas de lana para salir.

Y después acabó el otoño, el año acabó.
Estábamos cambiando, crecíamos. Pero
no era algo que una decidiera hacer:
era algo que ocurría, que una
no podía controlar.

Pasaba el tiempo. El tiempo nos llevaba
cada vez más rápido hacia la puerta del laboratorio,
y después, al otro lado de la puerta, hacia el abismo, la oscuridad.
Mi madre revolvía la sopa. Las cebollas,
era un milagro, se volvían parte de las patatas.


           Louise GlückRadium, Las siete edades
           Ilustración, Andrea Kowch

sábado, 3 de enero de 2015


"Yo era valiente, me resistí,
me puse en el fuego."

- Louise Glück, Stars

miércoles, 20 de agosto de 2014

"El deseo de hacer arte produce una experiencia continua de anhelo, una inquietud a veces,  pero no inevitablemente, juega romántica o sexualmente. Siempre hay algo que golpea ahí, el siguiente poema o un cuento, visible, por lo menos, aprehensible, pero inalcanzable. Se está obsesionado por él, en todo está, un sonido, un poco de tono, se convierte en un tormento, el poema encarnado es perseguido, ese sonido parece existir en alguna parte ya terminado. Es como un faro, excepto que, cuando uno nada hacia él, se aleja. "

 - Louise Glück, Proofs & Theories: Essays on Poetry

domingo, 10 de agosto de 2014

miércoles, 25 de junio de 2014

completamente familiar


"Todas las defensas, la rigidez espiritual, el insistente
desenmascaramiento de lo común para revelar lo trágico,
eran en realidad la inocencia del mundo. " 

Louise Glück, "Birthday"  (The Seven Ages)

Imagen, A. Polus, à la recherche de coquillages, Bélgica, 1950