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domingo, 3 de abril de 2022

Un arte

 

No es difícil dominar el arte de perder:
tantas cosas parecen llenas del propósito de ser perdidas,
que su pérdida no es ningún desastre.

Pierde algo cada día. Acepta aturdirte por la pérdida
de las llaves de la puerta, de la hora malgastada.
No es difícil dominar el arte de perder.

Después practica perder más lejos y más rápido:
los lugares, y los nombres, y dónde pretendías
viajar. Nada de todo esto te traerá desastre alguno.

He perdido el reloj de mi madre. Y, ¡mira!, voy por la última
—quizás por la penúltima— de tres casas amadas.
No es difícil dominar el arte de perder.

He perdido dos ciudades, las dos preciosas. Y, más vastos,
poseí algunos reinos, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue ningún desastre.

Incluso habiéndote perdido a ti (tu voz bromeando, un gesto
que amo) no habré mentido. Por supuesto,
no es difícil dominar el arte de perder, por más que a veces
pueda parecernos (¡escríbelo!) un desastre.

 
                                       Elizabeth Bishop, de Geografía III

El champú

Las sosegadas explosiones sobre las rocas,
los líquenes se multiplican,
extendiéndose en grises conmociones concéntricas.
Han acordado
 
encontrarse con los anillos de la luna, a pesar
 
de que en nuestro recuerdo no han cambiado.
  
Y como el cielo nos vigila
 
desde siempre,
 
tú has sido, amada amiga,
 
temeraria y pragmática;
 
y mira lo que ocurre. Pues el tiempo es
 
nada si no es indulgente.
Las estrellas fugaces se congregan
 
en luminosa formación en tu cabello negro
 
¿adónde se dirigen en bandada,
 
tan directas, tan temprano?
 
-Ven, déjame lavártelo en esta palangana grande de hojalata,

rebozada y brillante como la luna.
 
 
Elizabeth Bishop, de Una fría primavera
 

martes, 2 de enero de 2018


"¿Qué es eso que brilla en las hojas? / las hojas oscuras, / como lágrimas cuando alguien llora, / brillando, brillando en las hojas"

- Elizabeth Bishop, Songs for a Colored Singer IV

martes, 19 de agosto de 2014

PEQUEÑO EJERCICIO

Piensa en la tormenta que ronda por el cielo
como un perro que busca un lugar donde dormir;
escúchalo gruñendo.

Piensa cómo deben verse ahora los cordajes del manglar
tendido allí afuera e impertérrito al relámpago
en oscuras familias de fibras ásperas,

allí donde una garza levanta su cabeza,
agita sus alas, hace un incierto comentario
cuando a su alrededor el agua brilla.

Piensa en el bulevar y en las pequeñas palmeras,
todas plantadas en fila, que de repente se revelan
como puñados de mustios esqueletos de peces.

Está lloviendo allí. El bulevar
y sus rotas aceras con hierbas en cada grieta
sienten el alivio de estar mojados, y el mar de refrescarse.

Ahora la tormenta vuelve a alejarse en una serie
de minúsculas, mal iluminadas escenas de batallas,
cada cual en “Otra parte del campo”.

Piensa en alguien durmiendo en el fondo de un bote de remos
atado a las raíces del mangle o al pilar de un puente;
piensa en él indemne y apenas perturbado.


Elizabeth Bishop