De una castástrofe a otra
Entrevista que Asta Scheib hace a Thomas Bernhard
Viena, 1986
Si uno trata de acercarse a Thomas Bernhard a través de material de archivo, puedes entrar en una situación complicada. En lugar del único escritor al que se ha tratado como lector, uno tiene un gran número de diferentes Thomas Bernhards en su equipaje a Viena: el "gran solitario obstinado", el "trágico humorista", el "humorista macabro", el "rebelde sufriente "(Reich-Ranicki), el " misántropo"(Ulrich Weinzierl), el " virtuoso de la desesperación y el mal humor" (Eberhard Falcke), el "comediante enamorado de la melancolía" (Franz Josef Görtz), el "molino misantrópico de la palabra" (Sigrid Löffler).
La lectura de las críticas de sus muchos volúmenes de prosa y obras representadas es con frecuencia como ir de algo dulce y amargo (...) Uno quiere saber de él: ¿Quién es Thomas Bernhard?
- Asta Scheib: ¿Quién es Thomas
Bernhard?
- Thomas Bernhard: Uno nunca
sabe quién es. Son los demás los que le dicen a uno quién y qué es ¿no? Y como
esto uno lo oye millones de veces en su vida, por poco que ésta sea larga,
acaba por no saber en absoluto quién es. Todos dicen algo distinto. Incluso uno
mismo está siempre cambiando de parecer.
- ¿Hay seres de los que usted dependa, que tengan una influencia
decisiva en su vida?
- Uno siempre
es dependiente de las personas. No hay nadie que no dependa de algún ser. El
hombre que estuviera siempre a solas consigo mismo acabaría hundiéndose al cabo
de muy poco tiempo, se moriría. Yo soy de la creencia que para cada uno de
nosotros existen seres decisivos. Yo he conocido a dos en mi vida; mi abuelo
paterno y una persona a la que conocí un año antes de la muerte de mi madre.
Fue una relación que duró más de treinta y cinco años. Todo lo que a mí se
refería provenía de esta persona, de ella lo he aprendido todo. Y con su muerte
también desapareció todo. Entonces uno se encuentra solo. Al principio a uno le
gustaría morirse también; después se pone a buscar. A todas las personas que
todavía se tienen, a las que se ha dejado olvidadas en el transcurso de la
vida. Entonces se encuentra uno muy solo. Hay que aprender a vivir con ello.
Cuando me encontraba solo, fuese donde fuese, siempre he sabido que esta
persona me protegía, me mantenía, y también que me dominaba. Después, todo
desapareció. Uno está en el cementerio. Están cerrando la tumba. Todo lo que
tuvo algún significado se ha ido. Entonces se despierta cada día por la mañana
con una pesadilla. No se trata forzosamente de que se quiera seguir viviendo.
Pero uno tampoco quiere pegarse un tiro, o colgarse. A uno eso le parece feo, y
desagradable. Entonces sólo quedan los libros. Se precipitan sobre uno con
todos los horrores que en ellos se pueden escribir. Pero de puertas afuera se
sigue viviendo como si nada, para evitar que el entorno, que siempre está al
acecho de nuestras debilidades, nos devore. Por poco que uno las deje aflorar,
abusará de nosotros y nos sumergirá en un mar de hipocresía. Entonces la
hipocresía se llama compasión. Es la definición más bella de la hipocresía.
Tal como he dicho antes, es
difícil, tras treinta y cinco años de convivencia con una persona, encontrarse
de repente solo. Esto sólo lo entienden las personas que han vivido una
experiencia parecida. Uno se vuelve de repente cien veces más desconfiado que
antes. Uno se vuelve más frío de lo que antes ya se le catalogaba. Aún más
reservado. Lo único que le salva a uno es que no hay que morirse de hambre.
En realidad, lo que se dice
agradable, esta vida no lo es. Sin contar con la propia decrepitud. Un derrumbe
total. Uno sólo se mete en casas con ascensor. Ingiere un cuarto de litro de
vino para comer, otro cuarto para cenar. Más o menos se hace soportable. Pero
cuando para comer se bebe ya medio litro, entonces, se pasa muy mala noche. La
vida se reduce a este tipo de problemas. Tomar pastillas, no tomarlas, cuándo
tomarlas, para qué tomarlas. Uno va enloqueciendo de mes en mes, porque las
cosas se van embrollando.
- ¿Cuándo tuvo usted alguna alegría por última vez?
- Uno se
alegra cada día de seguir viviendo y de no estar todavía muerto. Esto
constituye un capital inapreciable.
Aprendí, del ser que se me
ha ido, que uno se agarra a la vida hasta el final. En el fondo, todos estamos
contentos de vivir. La vida no puede ser tan mala hasta el punto de no
aferrarse a ella. La curiosidad es el estímulo. Uno desea saber: ¿qué más falta
aún? Es más interesante saber lo que ocurrirá mañana, que lo que está pasando
hoy. Cuanto mayor se hace uno, más interesante se vuelve la vida. Tras la
destrucción del cuerpo, la mente se desarrolla sorprendentemente bien.
Lo que más me gustaría es
saberlo todo. Siempre trato de robar a la gente, de sacarle todo lo que lleva
dentro. En la medida en que esto se puede practicar a escondidas. Cuando la
gente se da cuenta de que la estás robando, entonces se cierra. Como cuando se
ve a un sospechoso acercarse a la casa, se atranca la puerta. Aunque también se
puede forzar la puerta, cuando no queda más remedio. Todo el mundo puede
dejarse una ventana abierta en el desván. Esto puede ser muy estimulante.
- ¿Ha deseado usted alguna vez fundar una familia?
- Sencillamente me he limitado a sentirme feliz de sobrevivir. Fundar una
familia, ni se me podía pasar por la cabeza. No tenía salud, y por lo tanto,
tampoco ganas de pensar en estas cosas. No me quedó más alternativa que
refugiarme en mi capacidad de raciocinio, y tratar de sacarle algún provecho ya
que mi cuerpo estaba agotado. Estaba vacío. Y así ha seguido, durante años y
años. ¿Es eso bueno, o malo? ¿Quién lo sabe? Pero es una forma de vivir. La
vida puede asumir infinitas formas.
Mi madre murió a los
cuarenta y seis años. Fue en 1950. Conocí a mi compañera un año antes. Al
principio sólo fue una amistad y una relación muy fuerte con una persona mucho
mayor que yo. En cualquier lugar del mundo donde me encontrase, ella era el
punto central del cual yo lo extraía todo. Yo siempre sabía que esta persona
era totalmente mía en los momentos difíciles. No tenía más que pensar en ella,
sin siquiera buscarla, y todo se arreglaba. Incluso ahora, sigo viviendo con
esta persona. Cuando estoy preocupado pregunto: ¿Qué harías tú? Así he
conseguido apartarme de algunas atrocidades integrales, que no se pueden
excluir con la edad, ya que todo está dentro de uno. Para mí, ella fue el
elemento de moderación y de disciplina. Y por otra parte también el elemento de
apertura al mundo.
- En algún momento de su vida ¿se ha sentido usted satisfecho?
- Nunca me
he sentido satisfecho de mi vida. Siempre me he sentido muy necesitado de
protección. Con mi amiga encontré protección, y siempre me impulsó a trabajar.
Ella se sentía feliz de verme hacer algo. Por eso fue maravilloso. Viajábamos.
Yo le llevaba sus pesadas maletas, pero aprendí muchas cosas, por poco que se
pueda decir esto refiriéndose a uno mismo, pues de todas maneras siempre es
poco, o casi nada. Pero para mí lo fue todo.
Cuando yo tenía diecinueve
años, en Sicilia, me enseñó donde vivía Pirandello, pero sin la pedantería
empalagoso de la persona muy culta. Como de pasada. Fuimos a Roma, a Split,
pero lo importante entonces eran sobre todo los viajes interiores que hicimos.
Vivíamos en un sitio perdido en el campo, con mucha sencillez. Por las noches
la nieve caía encima de nuestra cama. Sentíamos esta predilección por la
sencillez. Las vacas pastaban junto al dormitorio, tocando a donde vivíamos,
donde tomábamos la sopa rodeados de libros.
- ¿Usted está conforme con su vida de escritor?
- Bueno, uno
siempre anhela mejorar escribiendo, sino sería para volverse loco. Es un
fenómeno que aparece con la edad. Las composiciones deberían irse volviendo más
rigurosas. Yo siempre he tratado de mejorar progresando. Partir del último paso
para dar el siguiente. Evidentemente, los temas son siempre los mismos, claro
está. Cada uno sólo tiene su propio tema, y se mueve dentro de él. Y entonces
se hacen las cosas bien. Siempre se tienen muchas ideas: hacerse monje,
ferroviario, o leñador, quizá. Pertenecer a la gente muy sencilla. Lo que evidentemente
es un error, porque uno no pertenece a ella. Cuando uno es como yo, no puede
convertirse en monje o en ferroviario, claro está. Siempre he sido un
solitario. A pesar de este fuertísimo lazo siempre he estado solo. Al
principio, claro, aún creía que tenía que ir a los sitios y participar. Pero
por lo menos desde hace un cuarto de siglo apenas me relaciono con otros
escritores.
- Uno de sus temas principales es la música. ¿Qué significa para usted?
- Estudié
música cuando era joven. Me ha perseguido desde la infancia. Aunque siempre me
ha gustado, la música ha sido como una caza y un acoso para mí. Sólo estudiaba
para poder estar con gente de mi edad. Probablemente esta necesidad era la
consecuencia de mi relación con esta persona mucho mayor que yo. He jugado,
cantado, hecho teatro con mis colegas del Mozarteum. Después la música se
volvió imposible debido a motivos puramente físicos. Sólo se puede hacer música
cuando se está permanentemente con más gente. Como precisamente era esto lo que
yo no quería, el problema se resolvió por sí solo.
- Sus ataques, principalmente contra el Estado y contra la Iglesia, son
a menudo muy fuertes. En Extinción (Auslóschung) describe usted el catolicismo
como «lo que destruye el alma del niño, lo que le asusta, lo que anega su
carácter». Para usted, su país, Austria se ha convertido en «un negocio sin
escrúpulos donde sólo se comercia con todo y donde todos estafan a todos por
todo». ¿ Escribe usted desde una posición de odio universal?
- Yo amo a
Austria. Esto no se puede negar. Pero la estructura del Estado y de la Iglesia
es tan horrible que sólo se puede odiarla.
Soy de la opinión que todos
los países y todas las religiones, a la que se los conoce de cerca, son igual de
horribles. Con el tiempo se descubre que la estructura es en todas partes la
misma, tanto en las dictaduras como en las democracias; en el fondo, para el
individuo son igual de horribles. Por lo menos vistas de cerca. Pero más vale
no dejarse llevar y no proclamar este tipo de cosas, para que no me echen los
perros.
- ¿Para usted no es importante el reconocimiento, como escritor y como
ser humano en su propia patria?
- El ser humano,
desde el principio, está sediento de amor por naturaleza. Sediento del cariño,
del don que el mundo tiene por ofrecer. Cuando a uno le privan de esto, por
mucho que repita mil veces que es un ser frío, que nada ve ni nada oye, le
golpea con toda dureza. Pero esto es así, es inevitable. Cuando se dan voces en
el bosque, el eco las devuelve. Cuando se conoce el bosque, también se conoce
el eco. En el fondo, también se está enamorado del odio y del desdén.
-¿Es quizá por esta razón que de entrada, en sus libros, empieza usted
por hacer tabla rasa? Da la impresión de un ajuste de cuentas algo brutal con
determinadas personas. ¿Recibe usted las reacciones consecuentes ?
- Sí. A
veces se vuelve casi insoportable. Ayer, cuando estaba en la ciudad, una mujer
se me echó literalmente encima. Se puso a gritar: «Si sigue usted por este
camino reventará». Se está indefenso ante este tipo de cosas. O, por ejemplo,
está uno tranquilamente sentado en un banco en el parque, y recibe de repente
un golpe por la espalda. Aún no has tenido tiempo de reaccionar y apenas
alcanzas a oír cómo alguien grita: «Muy bien, siga por este camino. » Uno mismo
provoca estos incidentes. Lo que pasa, es que no se contaba con ello. Apenas
puedo seguir viviendo en Ohlsdorf, mi lugar de residencia. Los atropellos por
todas partes se me hacen insoportables. Por lo demás, las alabanzas son tan
siniestras, falsas, hipócritas y egoistas como los insultos. Se da el caso, que
la gente, si no abro en seguida la puerta, se enfada y me rompe los cristales.
Primero llaman, después pican, después gritan, y acaban rompiéndome las
ventanas. Después se oye el rugido de un motor que se aleja. Porque fui lo
suficientemente estúpido, hace veintidós años, de dar mi dirección, ahora ya no
puedo seguir viviendo en Ohlsdorf. La gente se sube al muro que rodea mi casa.
Cuando por la mañana bajo hasta el portal, ya hay gente encaramada. Dicen que
quiere hablar conmigo. O, los fines de semana, la gente va a ver al escritor,
como antes iban al parque a ver los monos. Esto es más divertido. Se acercan hasta
Ohlsdorf y asedian mi casa. Yo los observo escondido detrás de las cortinas
como un preso o como un loco. Insoportable. Desde hace doce años ya no doy más,
conferencias. Ya no me siento capaz de sentarme y ponerme a leer mis cosas.
Tampoco soporto a la gente que aplaude. El aplauso es la recompensa del actor.
Vive de ello. Yo, por mi parte, prefiero las transferencias de mi editorial.
Pero las marchas, los desfiles y la gente que aplaude en los teatros o en los
conciertos me son insoportables. Las calamidades siempre las provoca la masa
enfervorizada que aplaude. Todos los horrores provienen de los aplausos.
- Usted ha dicho, en Extinción que uno debería dejarse erigir en viejo
bufón a los cuarenta. ¿Por qué?
- Este
método es el único que permite soportarlo todo. Usted me ha preguntado por la
imagen que tengo de mí. Sólo puedo decir lo siguiente: la del bufón. Entonces
funciona. La imagen del bufón, del viejo bufón. Un bufón joven carece de
interés, ni siquiera se le reconoce como bufón.
- ¿Fue para usted la escritura, sobre todo en sus libros primerizos
como El Aliento o El Frío , también un medio de superar su enfermedad?
- Mi abuelo
era escritor. Hasta después de su muerte no me atreví a ponerme a escribir.
Cuando yo tenía dieciocho años, se descubrió en el pueblo donde había nacido mi
abuelo una placa en recuerdo suyo. Después de la ceremonia todos fueron al
albergue de mi tía. Yo también estaba allí, y mi tía, dirigiéndose a unos
periodistas que cubrían la información, dijo: «Allí está el nieto, que nunca
será nada, aunque a lo mejor también sabe escribir». Entonces uno dijo:
«Mándemelo el lunes». Así recibí el encargo de escribir sobre un campo de
refugiados. Al día siguiente mi reportaje ya figuraba en el diario. No he
vuelto a sentirme tan entusiasmado en mi vida. Es una sensación maravillosa:
escribir algo que se imprime durante la noche, aunque sea mutilado y recortado.
Pero en fin, ahí estaba. De Thomas Bernhard. ¡Sangre había sudado para escribirlo!
Durante dos años escribí la crónica judicial, que me volvió a la memoria cuando
me puse a escribir prosa. Un tesoro inestimable. Creo que de ahí surgen mis
raíces.
- ¿Qué siente ahora, cuando críticos como Reich-Ranicki o Benjamín
Henrichs escriben sobre usted con admiración? ¿También se siente entusiasmado?
- Con las
críticas no me he vuelto a entusiasmar más. Al principio, sí, porque me las
creía; pero cuando se llevan treinta años viendo estos cambios de valoración,
estas devoluciones de favores con intereses, uno acaba descubriendo los
mecanismos. Uno manda a su criado y le dice: «Ahora quiero que me hagas una
crítica negativa». Así funciona.
-¿Le molestan las críticas feroces?
- Sí, hoy en
día todavía sigo cayendo en todas las trampas. Los periódicos siempre me han
fascinado, desde mi juventud hasta hoy. Apenas puedo soportar un día sin
periódicos. Al cabo del tiempo se acaba conociendo a la gente en las
redacciones. A lo mejor no los he visto en mi vida, pero sé cuáles son los
entresijos de un teatro, el trasfondo de una redacción, conozco a los editores,
a los lectores, los negocios. El espíritu siempre se pierde por el camino, el
sabor también se queda en el camino, y la poesía. Por encima pasan los ejércitos
de redactores y críticos. Pasan por encima de los cadáveres de todos los que
hacen algo creativo. Volvemos a topar con algo fascinante: me hiere, pero ya no
me molesta en mi trabajo.
-En una conferencia usted dijo: «Nada tenemos que decir, excepto que
somos miserables». ¿Escribe usted para dejar constancia de sus derrotas?
- No. Todo
lo que hago, lo hago sólo para mí. Todo el mundo lo hace todo sólo para sí,
tanto el funámbulo, como el panadero, o el revisor de tren, o el acróbata del
aire. Con la salvedad de que en las acrobacias aéreas, durante el espectáculo,
el público mira al cielo, y, mientras el aeroplano está volando la gente ya
espera que se estrelle. Con los escritores pasa lo mismo, con una diferencia
importante: mientras el aviador sólo se estrella una vez, en cuyo caso suele
matarse o quedar muy mal parado, el escritor también suele salir muerto o mal
parado-, pero siempre resucita. Siempre vuelve a dar el espectáculo. Y cuando
más viejo se hace, más alto vuelta, hasta que un día se le pierde de vista.
Entonces la gente se pregunta: ¡Qué raro! ¿Cómo es que no se ha vuelto a
estrellar?
Yo gozo escribiendo, lo que
no es nada nuevo. Escribir es el único lazo que todavía me ata. Claro que la
cuerda está algo deshilachada. Pero en fin, así es. Nadie es eterno. Pero
mientras dure mi vida, viviré escribiendo. La escritura es mi existencia. Hay
meses, o años, en los que no puedo escribir. Es horrible. Pero en algún momento
siempre vuelve, y entonces algo se fragua. Este ritmo es terrorífico y
extraordinario a la vez: es algo que los demás probablemente no conocen.
- En sus libros, salvo contadas excepciones, no da usted una imagen muy
favorable de la mujer. ¿Es un fiel reflejo de su experiencia personal?
-Sólo puede
decir que, desde hace un cuarto de siglo, me relaciono exclusivamente con
mujeres. No soporto a los hombres, ni las conversaciones de hombres. Me vuelven
loco. Los hombres siempre hablan de lo mismo: de su profesión o de mujeres. Es
imposible escuchar algo original en boca de los hombres. Las reuniones de
hombres me son insoportables. Prefiero la conversación de las mujeres. Para mí, las
únicas relaciones provechosas han sido con mujeres. Después de mi abuelo, lo he
aprendido todo con las mujeres. No creo haber aprendido nada de los hombres.
Los hombres siempre me han puesto de mal humor. Curioso. Después de mi abuelo,
se acabó, ni un hombre más. Siempre he buscado protección y salvación entre las
mujeres, que también se han mostrado superiores a mí en muchas cosas...Yo puedo trabajar rodeado de mujeres. En cambio, sería
totalmente incapaz de producir nada en un entorno de hombres.
- Tras la muerte de la compañera de su vida, ¿existe alguien de quien
usted no puede prescindir?
- No, podría
rodearme de cientos de personas, bailar en mil bodas, pero no imagino nada
peor. Hace poco soñé que el ser que perdí, volvía. Yo le dije: «el tiempo que
no has estado aquí ha sido el más horrible». Como si sólo hubiese sido un
intermedio y los muertos ahora siguieran viviendo conmigo. Fue algo tan fuerte,
irrepetible. Ya no es posible. Ahora me sitúo en el punto de vista del
espectador, en un ángulo muy cerrado desde donde observo el mundo. Punto.
- ¿Cree usted en la posibilidad de otra forma de existencia tras la
muerte?
- No.
Gracias a Dios no. La vida es maravillosa, pero lo más maravilloso es pensar
que tiene fin. Este es el mejor consuelo que me guardo en la manga. Pero tengo
muchas ganas de vivir. Siempre las he tenido, salvo en los momentos en que he
acariciado la idea del suicidio. Me ocurrió a los diecinueve años, otra vez a
los veintiséis con muchas fuerza, y otra más a los cuarenta. Ahora, sin
embargo, tengo ganas de vivir. Cuando se ha visto a alguien que se está
muriendo, agarrarse con todas sus fuerzas a la vida, se comprende esto.
Lo más extraordinario que
me ha ocurrido en mi vida es sostener la mano de este ser en mi mano, notar su
pulso, notar que late más despacio, notar otro latido más lento aún, y se
acabó. Es tan increíble. Cuando todavía retienes su mano entre las tuyas, entra
el enfermero con la etiqueta numerada para el cadáver. La enfermera le vuelve a
echar, diciendo: «Vuelva un poco más tarde». En seguida te vuelves a enfrentar
a la vida. Uno se levanta sin hacer ruido, recoge las cosas; entre tanto vuelve
ya el enfermero y pone la etiqueta numerada en el dedo gordo del pie del
cadáver. Acabas de vaciar el cajoncito de la mesita de noche, y la enfermera
dice: «También tiene que llevarse el yogurt». Fuera croan los cuervos. Como en
una obra de teatro.
Entonces aparece la mala
conciencia. Los muertos le dejan a uno con un inmenso sentimiento de culpa.
Me siento incapaz de volver
a los sitios donde estuve con ella, donde escribí mis libros. Yo he escrito
todos mis libros en lugares diferentes: en Viena, en Bruselas, en cualquier
lugar de Yugoslavia, en Polonia. En sentido estricto, tampoco he tenido nunca
mesa de escribir. Si se me daba escribir, me daba lo mismo donde lo hacía.
Incluso he escrito sumido en el máximo ruido. Nada me molestaba. Ni el ruido de
una grúa, ni los gritos de la multitud, ni los chirridos de un tranvía, ni una
lavandería o un matadero debajo de mi piso. Siempre me ha gustado trabajar en
países donde no entiendo el idioma. Es un estímulo increíble.
Sentirme perfectamente en
mi casa en medio de la extrañeza más absoluta. Para mí lo ideal era alojarnos
en un hotel; y mientras mi amiga paseaba durante horas, yo podía trabajar. A
menudo, sólo nos veíamos durante las comidas. Verme dispuesto a trabajar la
llenaba de felicidad. Nos quedábamos con frecuencia cinco meses, o más, en un
país. Eran los momentos culminantes. Muchas veces, cuando se escribe, se tiene
una sensación maravillosamente bella. Si además se puede compartir con alguien
que sabe apreciarla, es perfecto. Nunca he
tenido mejor crítico que ella. Nada que ver con las tonterías de la crítica
oficial que no profundiza. Esta mujer sacaba siempre una crítica fuerte,
positiva, que me era útil. Ella me conocía a fondo. Con todos mis errores. Lo
echo de menos. Me sigue gustando estar en nuestra vivienda de Viena. Allí me
encuentro protegido, probablemente porque vivimos allí muchos años juntos. Es
el único nido que queda de toda nuestra vida en común. El cementerio tampoco
está lejos.
Es una gran ventaja haber
vivido esto una vez en la vida. Las cosas después ya no te afectan. Dejas de
interesarse por el éxito o por el fracaso, por el teatro o por los directores,
por los redactores o por los críticos. En realidad a uno ya no le importa nada.
Lo único, es tener todavía dinero en el banco para poder seguir viviendo. Por
lo demás mi ambición ya no era lo que había sido, pero con su muerte también se
acabó. Nada te conmueve. Sigues disfrutando con los filósofos antiguos, con
algunos aforismos. Es parecido a refugiarse en la música: durante unas pocas
horas se puede llegar a tener un excelente humor. Todavía tengo algunos planes:
antes tenía cuatro o cinco, ahora sólo me quedan dos o tres. Pero no son
imprescindibles. Ni yo, ni el mundo los estamos reclamando. Si tengo ganas
todavía haré algo, si no las tengo, o me faltan las fuerzas, pues se acabó. Qué
más da lo que yo escriba; en resumidas cuentas siempre son catástrofes. Esto es
lo deprimente del destino del escritor: nunca consigues trasladar al folio lo
que has pensado o imaginado; la mayoría se pierde durante el traslado. Lo que
llegas a plasmar no es más que un pálido y ridículo reflejo de lo que habías
imaginado. Esto es lo que más deprime a un autor como yo. En el fondo no puedes
comunicarte. Todavía no lo ha conseguido nadie. En alemán mucho menos; es una
lengua envarada y torpe, en el fondo horrible. Es una lengua espantosa que mata
todo lo que es ligero y maravilloso. Lo único que se puede hacer, es sublimarla
con el ritmo, confiriéndole musicalidad. Lo que escribo nunca corresponde a lo
que he imaginado. Los libros deprimen menos, porque uno se imagina que el
lector pone más fantasía y a lo mejor consigue que el texto cobre vida. En
cambio en el escenario, en el teatro, lo único que se levanta es el telón. Sólo
quedan los actores que, durante meses y meses, han sufrido hasta la noche del
estreno. Ellos deberían representar a los personajes que uno ha imaginado. Pero
no lo consiguen. Estos personajes que en mi mente todo lo podían, de repente se
componen de carne, huesos y agua. Son torpes. Yo había concebido la obra como
algo grandioso, poético; pero los actores no son más que unos intérpretes
profesionales, unos traductores. Una traducción poco tiene que ver con el
original. Por la misma regla de tres, la representación de una obra en el
escenario, poco tiene que ver con lo que pasó por la cabeza del autor. Las
tablas, que, dicen, son una representación del mundo, para mí, sólo han sido
eso, tablas; unas tablas que me lo han detrozado todo. El teatro todo lo
pisotea. Siempre es una catástrofe.
- Sin embargo usted sigue escribiendo, tanto libros como obras dramáticas.
¿De catástrofe en catástrofe?
-Sí.