Si una ama un ángel, qué lugar
tiene después la tristeza, con sus ojos
de calavera melancólica que venga a decirte
que en realidad no tenía alas y por eso
no llegaste a disfrutarlo en el vuelo
más alto, allá lejos, un columpio
de aquellos que en el impulso
hacia arriba te levantaba las faldas
y llegabas a ver el último tronco
del árbol, quizás era un alce, o un roble,
o una frondosa
morera junto a manzanos ardientes.
Concha García, El día anterior al momento de quererle
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